Si la humedad se acentúa y el frío se hace presente. Si no te apetece salir de casa. Si sigues inexplicablemente enamorado. Si el teléfono no suena y tampoco quieres que lo haga. Si desde tu ventana la ciudad gris se desparrama hasta el horizonte y si parece helada y sucia. Si el fin de semana se hace largo. Sobre todo, si te dejan fumar y fumas y te gusta. Si se da alguna de las circunstancias y la última, y sólo quieres olvidar eso que molesta, eso que persiste, eso que agobia, quédate en casa y escucha los versos de Apollinare musicados por Pink Martini e interpretados por Kery Chryst. Y déjalo todo para el lunes o llévame la contraria, como siempre.
El más reciente videoclip de Wilco, la banda de Chicago, recupera por primera vez en los últimos 30 años, los dibujos animados de Popeye el marino. Allí está Bluto, Olivia… pero no hay espinacas superreforzantes. Lo que hay es un bote de Wilco que aparecen, también, retratados como banda. Popeye nació en el 29, como marinero sin barco, enamorado de una larguirucha Olivia que tenía novio y enfrentado al gorila de Bluto. Adicto a las espinacas y al tabaco fumado en pipa, Popeye, el personaje no tenía más pretensiones que divertir. Y, evidentemente, está muy anticuado. Tanto que es de suponer que el público de Wilco, lleno de cocolisos de menos de 30, tenga que ir a la Wikipedia para saber quién era.
En uno de los meandros del Támesis a su paso por Londres, junto al puente de Waterloo y sobre el South Bank Centre, gran espacio para el arte contemporáneo británico, el escritor Alain de Botton ha creado un hotel de una sola habitación. Desde ésta, situada en el tejado del centro cultural y con forma de barquito con dos puentes y mástil, el huésped puede disfrutar de una visión única de la otra orilla de la capital, desde el Big Ben que se ladea hasta la catedral de San Pablo.
Nuestro Chanquete de ficción había vivido del mar y por el mar toda su vida y, una vez retirado, había hecho encallar su paquebote en lo alto de una colina, entre tomateras y lechugas. El barco era su hogar dentro y fuera del agua, donde no era necesario calafatearlo.
El hotel londinense recupera los puentes de las barquitas de servicio por el Támesis, con sus ventanales a proa, sus ojos de buey a popa y su puesto de mando, en la cubierta superior. Eso sí, con todas las comodidades de un cinco estrellas.
La extravagante idea, que permanecerá sólo durante un año en la azotea del espacio cultural, tiene aspirantes a chanquete de sobra y tiene reservas hasta el mes de agosto, que se gestionan desde Living Architecture, que se dedica a ofrecer establecimientos muy singulares en las islas británicas para quien pueda pagarlo.
Juliet tiene 8 años y un amigo de la familia, Rob Sharpe que es productor musical. Juliet aprovecha las vacaciones escolares en Australia para cantar y grabar su primera canción hardcore que ríete tú de melenudos drogados y gritones, cubiertos de cuero y tatuajes y con ganas de enfrentarse al mundo.
Juliet le canta a su perro Robert y a su pececillo de escolar de primaria. Pero con toda la rebeldía del mundo, porque el mundo la ha hecho así.
Más de 13 millones de visitas al vídeo grabado por su madre en YouTube.
Este va a ser un post estilo Barrio Sésamo. A ver, niños, vamos a estudiar la diferencia entre talento y vocación. El talento se da cuando se tiene una capacidad innata para hacer alguna cosa bien o mejor que los demás. Aunque no es necesario, probablemente coincida en personas que tienen una vocación hacia eso que hacen mejor. Vocación, por el contrario, no implica hacer las cosas bien. Ni siquiera, regular. La vocación es una inclinación psicológica hacia una actividad que atrae y que gusta, aunque no se reúnan condiciones, conocimientos ni aptitudes para hacerlo. La vocación responde a la voluntad, y puede frustrarse. El talento se tiene y sólo se frustra si no se ejercita. Viene todo esto a cuento porque en Green Bay, Wisconsin, hay un muchachito que tiene la vocación de ser un gran tatuador, pero le falla el pulso. Se hace llamar Synyster Ink y ha colgado en Facebook una buena muestra de su obra —véase arriba—, en la que los trazos siempre son trémulos, asimétricos e inestables. Uno podría pensar que es un tatuaje carcelario, hecho con alfileres y tinta de bolígrafo Bic. O que el autor estaba bajo los efluvios de sustancias humeantes alteradoras de la voluntad y el pulso. Podría pensarse, incluso, que el tatuador intenta combatir un principio de Alzheimer. Pero, no. No es nada de eso. Los dibujos son malos porque sí. Porque Synyster Ink, que así se llama el desalmado, lo defiende como fresh art, como licencia artística y sello de la marca, rebatiendo todas las críticas feroces que ha recibido en su Facebook. Lo peor no es que haya ganado porcino mejor marcado que sus clientes. Lo peor es que tiene clientes con vocación de lienzo y talento para el martirio.
The Lost Fingers deben ser los únicos canadienses que practican el gipsy jazz, rasgando sus guitarras con todo el poderío y swing de sus muñecas. Parecen sacados de otro tiempo y puestos en el Canadá por algún rayo cósmico que los haya abducido de algún garito marsellés de los años 30 y los haya soltado en este milenio y en aquel continente. El jazz de Alex Morissette, Christian Roberge y Byron Mikaloff proviene del gipsy, pero coquetea con el rock y con el pop, y se convierte en música optimista, positiva, para terminar la semana con una sonrisa de felicidad por haberlos encontrado. Su primer disco remitía a los 80, con versiones agitanadas y en clave de jazz de Bon Jovi, AC/DC o Kool & The Gang. El segundo, romanticón, se llenó de canciones de amor para rendir el amor de Rose. El de ahora, nuevo, tiene un título evidente: Gipsy Kamaleon y es canalla como el seductor con corazón de lobo que a ritmo de pa-pa-rá pa-pa-rá quiere devorar el alma y cuerpo de la moza que se resiste. Disfrútalos.
Los Go son los pobrecitos europeos que andan entre los veintialgo y los treinta, muchos sin estudios y alguno habrá ex-nini. Son lo que hasta la semana pasada se consideraban la Generación Perdida, que por arte de los sociólogos pasa a ser la Generación Go.
Go, de ¡Vamos! ¡Venga! ¡Ándale!, que quede claro.
Son los que nos van a sacar de la crisis o nos van a alargar más la agonía.
Serán los últimos legionarios del imperio que se nos hunde. Lo harán todo por salir a flote.
Estos malditos años de los que no somos capaces de salir son los de la crisis económica y también, los que han asuelado las esperanzas de una generación. Se ha puesto en duda el trabajo, el futuro, los conocimientos, la experiencia, la calidad y hasta la vida de unos individuos que han sido considerados la Generación Perdida. Porque, claro, a los sociólogos los que tenemos unos añitos más, no les importa.
Y si nosotros tenemos una vida peor que la de nuestros padres, los perdidos ni siquiera tenían vida.
Pero ahora llegan los publicistas de la Walter Thompson (JWT) y deciden que 2012 será el año de la Generación Go, que estará formada por los más espabilados de la Generación Perdida. Hombres y mujeres que se asirán a las nuevas tecnologías como base de salvación para buscar nuevas oportunidades laborales. Individuos coetáneos entre sí que se convertirán en emprendedores para la creación de nuevos productos digitales.
Serán, según el informe 10 Tendencias para 2012, obtenido de un panel de más de 70 especialistas en diversas materias en 24 países desarrollados, los primeros que utilizarán los ordenadores de sobremesa con pantalla táctil, que convertirá los documentos virtuales en cosas que casi se podrán arrugar con la mano. Y serán los que llevarán los productos digitales al mundo real, como esos programitas que convierten una fotografía tomada con el móvil en una tarjeta postal para el correo ordinario.
Pasarán penalidades. Como todo hijo de vecino. Habrá más mujeres solas. Se preocuparán muchísimo por lo que comen y por cómo se consigue matando al animal o cultivando la tierra. Pero también tendrán tiempo para el minihedonismo. Como no tendrán mucho dinero, y vivirán en medio de un pesimismo generalizado y permanentemente agobiados por la supervivencia personal y profesional, se compensarán regalándose caprichitos o pequeños placeres que no supongan grandes gastos.
Por este motivo, las cosas valdrán lo que valen. Porque el consumidor en estos años ya se ha dado cuenta de que han podido bajar precios sin arruinarse. Para poder cobrar más, deberán ofrecer más, y deberán integrar en la empresa los avances sociales, colaborando con los afanes mayoritarios y justos de la sociedad. Tendremos unos productos que harán la vida más fácil, más verde y más concienciada.
Cuando, por la noche, lleguen a casa o a lo que los Go consideren su hogar, mirarán los retratos de nosotros, las generaciones previas, y nos admirarán, porque para ellos envejecer es algo que no prevén. Lo que son las cosas.
Estos días circulaba un tuit que decía: “Vimos la luz al final del túnel y resultó ser el foco de una locomotora que venía hacia nosotros”. Todavía corremos.
Aprovechando que los grandes de Internet protestan contra la propuesta legislativa de clausura de sitios ante la sospecha de que sean utilizados para piratear derechos, vamos a desvelar el gran timo de la tinta de las impresoras y cómo evitar que nos roben, que hoy parece un buen día. Es posible que más de un lector conozca cómo enfrentarse a estos ladrones y reconocemos que, tras más de 20 años con HP, Brother y Epson, acabamos de descubrir la forma de evitar el latrocinio con los repuestos de tinta. Es indignante. Si un alienígena viera que nos cuesta más el recambio de tinta que la impresora, pensaría que somos la especie menos inteligente del universo. O eso, o las epson venusianas son igual de listas. Veamos el problema: resulta que los cartuchos, ya sea la impresora de dos o de cuatro depósitos, se agotan casi sin que los hayamos utilizado y la impresora se detiene. Se niega a imprimir con un solo cartucho. O se niega a imprimir haciendo mezclas con tinta de los otros cartuchos. O aún peor, hemos cambiado un cartucho y la impresora ahora nos dice que no reconoce otro que ya estaba instalado. Que usemos tinta de la marca original, que lo repongamos, que lo cambiemos por uno nuevo y que se nos vayan 20 euros en un nuevo recambio de tinta negra, aún cuando acabamos de instalarlo. Resulta que cada cartucho dispone de un chip en un lateral que la impresora graba en el momento en el que se instala. Si, por ejemplo, cambiando uno movemos el de al lado, la posición del chip no coincidirá en el depósito de tinta movido por accidente y reflejará un error, deteniéndose la impresora. Igualmente, si lo sacamos y lo volvemos a introducir, nos dirá que está vacío, aunque sea nuevecito. Y tendremos que pagar porque no hay manera de entender la maldita máquina. La solución está en invertir unos euritos en un artilugio de fabricación china y a la venta en la Gran Bretaña, que permite resetear los chips de los cartuchos dejándolos como nuevos. De este modo, se pueden volver a instalar y podemos apurar las últimas gotas de tinta que la impresora no nos deja usar, o sacarlos y volverlos a colocar en su lugar sin que se detenga el proceso de impresión y ahorrándonos dolores de cabeza y un buen montón de euros. Todo gracias al informático chino de mirada taimada que quiso vengarse de los grandes estafadores del mundo de la tinta de impresora. Ya estamos esperando nuestro reseteador por casi 8 libras.
Kenta Hamano se pone los pantalones de pitillo, el blazer corto cruzado, se anuda la corbata y se convierte en Saito JxJx, el cantante de Zainichi Funk, una banda japonesa que es la sexmachine de la marcha nipona. Primero te quedarás con la boca abierta, luego buscarás similitudes con James Brown. Más tarde te rendirás al movimiento de cadera y juego de pies de Kenta-Saito, y finalmente, te dejarás llevar por la marcha de esta banda genuinamente japonesa, que es la bomba.
En el Congo, los sapeurs, miembros de la Société des Ambianceurs et des Personnes Élégantes, se emperifollan para hacer el mundo mejor. Todos hombres, de diversas edades, no cruzan el umbral de casa sin estar correctamente atildados: pantalones sin una arruga, zapatos lustrosos, camisas impolutas, corbatas sorprendentes y chaquetas inmaculadas. Su religión es la no violencia y la elegancia supina, gastándose fortunas en ropa de cortes y colores que nos sorprenden, para lucir la pajarita en la calurosa selva o para pisotear con los botines relucientes el barro de las calles y aceras inexistentes. En Nueva York, señoronas de 80 años y más se emperifollan también pero para imprimir un marchamo de alcurnia a su ciudad. El maquillaje, para ellas, es la oración de la mañana, recién levantadas. Labios rabiosos, uñas afiladas, colorete y pestañas postizas, son obligatorias antes de desayunar. Grandes collares de cuentas, anillos valiosos, pulseras, brazaletes y broches, indispensables antes de salir a la calle. Si los años han menguado su cabellera, el tocado años 20 es obligatorio. Con mucha pedrería. Los mediotacones, indispensables. Y el bolso de mano, y las gafas de VIP, que permiten mirar sin que la mirada sea leída. Son señoras de Nueva York de toda la vida. La mayoría de la aristocracia inexistente de la ciudad. Su clase y su intensa vida social mantienen las esencias de lo que la ciudad fue y sigue siendo: la capital del mundo en la que ellas, las que portan la moda Advanced Style Lady, todavía tienen mucho a decir. Pueden parecer viejos loros de lujo, con prendas que fueron moda en los 30, 40, 50 y 60, con cortes de pelo llamativos o anticuados y con modales que no se estilan, pero siguen siendo el nexo de unión de los mimbres sociales de una ciudad vieja que se renueva cada minuto y que aprende de ellas la discreción y elegancia genuinamente neoyorquinas. Otras abuelas se retiran a climas más cálidos para pasar sus últimos años. Estas damas de Nueva York, como se verá en el próximo documental Advanced Style, reniegan de los cayos de Florida y prefieren el asfalto humeante de su ciudad, el cambio de color de los árboles de Central Park, los muelles de Manhattan, y pasear cada día por la capital del mundo, de su mundo.