Momento Fotografía: Bodas para echarse a temblar
El regalo de boda proviene de algún ancestro nuestro desencantado con la posibilidad de su vida eterna o, simplemente, descreído. Ese predecesor nuestro decidió que, mejor que hacer una ofrenda a los dioses, se la hacía a los novios. De ahí la tradición del regalo de boda que hoy, en el siglo XXI, nos da repelús a quienes nos vemos obligados a hacerlo.
Con el transcurso de los siglos, la ofrenda ha ido degenerando en regalo obligatorio y, a veces, invisible, salvo para el saldo de la cuenta corriente, puesto que los novios —malas personas y malos amigos— se limitan a solicitar una transferencia monetaria.
Del mismo modo, también se han transformado así las fotografías de boda.
Al principio eran una muestra de estatus social del matrimonio —y frecuentemente de sus hijos—, imitando los retratos familiares de prestigiosos pintores. Allí aparecía el marido sentado, con la mujer en pie, a su espalda, y rodeados de sus hijos, cuando los había.
Luego la imagen de la boda, cuando era posible captar instantáneas, evolucionó hacia un retrato en el que la mujer vestía los símbolos de dignidad del marido, los atributos de la novia, exhibiendo claramente el anillo de casada en la mano correspondiente y, frecuentemente, un escenario ideal de sus propiedades: jardines y pabellones de la casa que a partir de se momento empezaría a administrar.
Los pobres no tenían derecho al daguerrotipo, claro.
Esas imágenes servían para que parientes y posibles legadores de herencias supieran que había habido matrimonio con el fin de prolongar la duración de los apellidos.
Ergo, la fotografía de boda empezó a tener un sentido informativo puro y duro.
La popularización de la fotografía y las migraciones de los más pobres contribuyeron a que esa instantánea tomada en las horas posteriores del casamiento sirviera para decir a los seres queridos lejanos que intentaban prosperar pero que, por lo menos, seguían vivos. Así, suegros conocieron a nueras yernos y hermanos, a cuñados. Hasta no hace muchos años se tomaba esa imagen del matrimonio reciente para enviar a los familiares.
Poco a poco, la toma posterior a la boda se convirtió en una inmortalización de la ceremonia y convite, con retratos de los invitados con el único fin de que pagasen la fotografía al autor.
La proliferación de fotógrafos y de aficionados con cámaras instantáneas, anteriores a las digitales, llevaron a luchas enconadas por el encuadre y el derecho a fotografiar entre los invitados a los bodorrios y los fotógrafos del establecimiento, profesionales del flashazo que habían untado convenientemente al párroco u oficial del juzgado.
Todo el mundo podía hacer las mismas fotografías. Fue entonces cuando aquel testimonio inicial derivó en una locura como la que ilustra este post.
Los fotógrafos quisieron hacer algo distinto y convirtieron a los novios en modelos de historias de fotonovela, haciendo poses originales. Hemos visto fotos de boda de matrimonios en plan Bonnie and Clyde, La Dolce Vita y hasta Top Gun.
Las puestas en escena quedaban en eso, en puestas en escena para no aburrir a los amigos cuando se ven las fotografías del carísimo áálbum.
Y estaba claro que todo iba a evolucionar. Tanto como esta pareja Ben y Juliana, tomada por la fotógrafa Amanda Rynda, que ha completado una fotohistoria de novios y zombies.
Esto es lo que viene. Para echarse a temblar.